martes 1 de febrero de 2011

Antes de partir

Me arrebata la idea de escribir dos días antes de partir de viaje de nuevo. Sé que es como darle mucho color, pero me gusta eso, a decir verdad, extremar las emociones positivas, sacarles el jugo, me absorbe la idea de hacer una pausa antes de agarrar el equipaje otra vez, porque así me concentro un minuto en este mismísimo instante, éste ahora que es todo lo que preciso.

La vida es tan aventura como una ola reventada en el agua, volviendo a formar parte, maravillosamente extasiante, retornando a la espuma su sangre, recobrándola en las marejadas.

Es tan vivaz, tan íntima, la experiencia de estar respirando, que lo tomo como un puntapié del tomar conciencia, ¡oye despierta, vas viva!, el aire ingresa por tus pulmones.

Quizás no necesito demasiado, si parto por unificarme, por conectarme a todo lo que vive alrededor, si le dedico más tiempo al polvito blanco que cae de las ventanas cuando refleja en ellas el sol, si aspiro con más sutileza los rayitos que reposan en las murallas, si me dejo conquistar un poco por las arenas húmedas y la lluvia.

Me gusta seguirle el juego al viento, a las pelusas, a las hojas y a los pajaritos. Siento que una sensación profunda de que estás conectado es todo lo que necesito, porque el amor es infinito, o eso significa. No temo a pronunciar lo que no puede pronunciarse, la palabra comunica poesía, más esta ultima implica el sentido.

Me deshacerla en la pintura y sus colores, recorrería borde a borde mi ser para descubrirme fuera de él en la escritura, o en una canción que me sacude el esternón de forma inesperada por la mañana.

Movilizando me doy cuenta que jamás he frenado. La existencia es un proceso, no un suceso específico, entiendo la armonía de la historia, sabiendo que una parte de ella nunca la conoceré. Preciso del futuro para develarme el misterio, del pasado para resolverlo. Y un espacio bien amplio donde verlo intensamente mezclado, como una explosión de arte que me llega al corazón intemporal.

Hay tantas cosas que me gustan de la vida, los zorsales de los arbolitos más altos, las baladas hawaiianas. Oh, sol, que has entrado en mi cuerpo, qué linda es la luna, qué redonda y armónica la rueda en su caminar. Qué bonito es mirar de lejitos el ciclo, no sentirme ni abajo ni arriba, más bien flotando en medio del mar.

domingo 23 de enero de 2011



Cuando la realidad supera la ficción, yo me doy cuenta que puedo manifestar la luz, en una proporción de alto impacto. Por la elevación sustancial de la pasión infrenada, arrebato la historia para construir una nueva. Será todo mi ser vertido sobre la expresión de mis investigaciones, que como elixir puro de vida lleguen a los seres humanos.

Buscando razones para unificar a la especie, para trascender el oficio y llevarlo al comienzo, retorna el ser al lenguaje de antaño y también al que aún se desconoce. Devoción ante todo, agradecimiento al sentir, alegría, sintonía del instante en que soy libre, en las emociones que me despiertan tumultos, reconociendo el mundo.
¡Arrewáy! Realidad, permíteme reflejar lo maravillosa que eres, la proporción de tu leyenda, la acertividad de mi ruta. Sentadita al borde del camino y a pies descalza, a todo sol. Me gusta que las gotas de agua corran por mi nariz, el sudor del calor, concentrarme en todo lo que en la vida disfruto.
Desbordar mi estrella interior, visualizar la esfera en bruto, diamante de mil destellos blancos cerquita del caminar de la luna. Y del despertar de mi propio cuerpo celeste, aprendo a capturar los detalles de su misteriosa revelación.
En ocasiones como éstas, cuando siento el corazón como una bomba desorbitada que en círculos va meneándose hacia el sol, sé de una estrella que crepita y se enciende, infinita en mi alma, dejando que cada vez que suelto las palabras sobre el lienzo en blanco, ellas floten, dancen, y circulen por las líneas como la pura expresión suelta de mi alegría.

Cuando miro al cielo y me desquician las nubes, cuando siento mis deditos helados y llenos de fuego por dentro, tocando la faz de la tierra. Palpitan, bendita madre, el esplendor majestuoso de los seres humanos me hace sentir lo afortunada que soy de estar viva, y de llenar de aire mis pulmones, y exhalar.
Todo se moviliza allí en esa cuevita que existe después de mis ojos, donde la luz ingresa a puerta abierta, cálida como chimenea inapagable y todo el tiempo de día. Propensa a crecer con el soplido, sagrado encendido de mi vitalidad, nada es más elemental allí que el mismísimo instante, cada vivencia contrayéndome el miocardio.
Doy gracias siempre y hacia el cielo, al suelo, y al vuelo de mis fluorescentes emociones, un huracán potente ingresa por todo mi ser, blanco como un río que fluye, que me embriaga y no se desvanece. Llena de armonía mi espíritu, es una flor de colores sutiles sin principio ni finales. A pura sensación la existencia, justito ahora amada vida, tu poder de seducción y mi filantropía nunca dejarán de enamorarme desde las patas hasta la coronilla y más al fondo.
Siempre a cabeza baja vida mía, aprendo y me enseñas, ¡Oh, maravillosa presencia! Soy un alma confundida pero muy estable en el centro, sigue demostrándome que el mejor regalo lo recibí al nacer. La intensidad, la forma en que asimilo como entrar en cada sentido, en cada elemento, a conectarme. Qué sensaciones más buenas son el reventar de las olas y la brisa que me llega en la cara, y el amor in formulado trascendiendo todo lo que antes viví.

 
Una mirada brillosa que me nutre hasta la punta de los dedos gordos de los pies, y…

¡Bendita luz, corazón, siento pura vibración!