Y quizás, de repente, yo me sumerjo de pronto en una escritura más potente. A oscuras, que mi mano se disipe, y en la oscuridad sienta lo que me recuerda el sueño. Una pausa entre quien soy y quien SOMOS realmente.
Así por ser a mí se me viene a la mente, que si el amor es tan grande a de asimilarse al infinito, al lazo que simplemente sabes que no acabará. Y algo me dice que la sangre se muere, pero luego me riega al verme caer. Como una lágrima que puedo entender. Cuando un latido golpea mi vientre, mi mismo ombligo vuelve a gritar, que entre el finito y la vida sí hay un punto exacto en que no existe la muerte.
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Alguna vez oí, que en latín, A-MOR significa no muerte. Pues así es, cuando allí en mi fuente, en mi útero latiente, me hago conciente de un mundo infinito. No sé por qué al saberlo entiendo que si hay cuatro elementos, el contexto siempre se transformará. Y en esa rueda somos todos el centro, el motor que repinta lo que pueda andar mal.
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Somos artistas de un cuadro cuyas pinturas se disiparán. Pero son como los arcoiris, nunca se han ido, son algo más elemental. Un color que es eterno en su degradado, que el infinito me vuelve a enseñar.
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Entonces la soledad es como creer que somos pequeños en un continente inmenso, en un abismo sin nada a lo que podernos aferrar. Y es difícil entonces, me imagino, dejarse llevar en lo profundo cuando no hay ramas para escalar. ¿Cómo después regresar?
¿Y si de repente se nos ocurriese saltar? Es curioso el sentimiento, porque sin asegurarme de nada, mi piel es tan conciente al infinito, que se hace imposible no rozarme al momento. Me sumerj
o en el amor cuando por fin lo entiendo, y lo siento. Aquella conciencia de lo que no acabará, ese penetrar en lo más hondo del mar, en tu latido y el mío, en el absoluto total.
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Lo que entonces no entiendo, cuando traigo mis pinturas para nuestro lienzo colorear, es que por qué poner cadenas al amor, si el amor es libertad. De repente enterarse de que podemos volar, hasta combinarnos con las estrellas.
¿No son acaso lo mismo, amor y libertad? ¿O distintos caminos a un mismo final? Cuando late tan fuerte mi corazón de repente, sin haberlo pensado algo en mí entiende, que la sangre está golpeando mi cuerpo, y ojalá se evapore, mi infinito recuerde. Que de mi salga y vuele, que al unirnos nos eleve. Que sepas que no morirás. Que vivir nos haga libres, al desnudar su perenne realidad.
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Y es tan inexplicable tal vez ese sentimiento que nos ata a ambos. ¿Cómo podría optar por el uno o por el otro, si sé que son lo mismo? Que si pinto con negro lo que canto, aún me gritará su mensaje radical. Eternidad, eternidad, eternidad. Un día oscuro al que le llaman noche, distintos bombos para una canción tan profunda que el silencio reveló. Un incesante temblor que sigue oyendo mi corazón.
Grita en mi tan fuerte la conciencia de lo eterno, mientras más sube el volumen del latido interior. Mientras más hondo penetro en mi verdadero yo.
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Eternidad. Eternidad. Eternidad.
Amor y Libertad.
Todos tan inexplicables porque morirían al explicarlos.
Y el mismo significado a fin de cuentas.
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Es que en verdad, no comer carne, mirándolo desde otro enfoque, es como dejar la ansiedad por conservar la vida propia, al saber que si ellos mueren, también muere algo de mí. De alguna manera, dejo la batalla porque sé que los colores son efímeros. No hay negros ni blancos. ¿Por qué si es infinito el amor, mientras más existe, más a él nos aferramos?
Y de repente, yo diría que cuando dejamos lo dual, entre la vida y la muerte, existe una fusión, un estar juntos. Estar juntos es amor,del lado que lo veamos, disipar la parte e ir acercándose al todo. Desconocer la muerte.
Cuando dejo de morder fuerte, mi saliva se combina diferente. Soy libre porque no muero, y
se baña tanto de infinito mi conciencia. Algo me llena tan hondo al saber que estoy tan viva, que suceden a la vez, el amor, la libertad, lo siempre y lo nunca, lo trascendental.
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Pues este es mi escenario, el que compartimos, y quisiera pintarlo con la noción absoluta, con el final inencontrable del arcoiris. Cuando nunca comienza y nunca termina. No me gusta pensar tanto en la muerte, cuando sé que somos infinitos y el amor me lo grita.
Que me aferro tanto a la vida cuando sé que seré ella misma en el estado en que me encuentre. Es tan mía y tan tuya, pues la propiedad no existe.
Soy tan tuya y del mundo, porque un amante en sí mismo no tiene límites. A tocado tan hondo, que ha dejado de tocar, se ha descubierto libre. Se ha entregado tanto, que al final del camino, nunca lo da todo. Es inacabable. Sabe que está vivo, vivo en todas partes de una forma inexplicable.
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Que vivan y disfruten, pues es suya mi vida, hagámonos infinitos. ¿Por qué habría de frenarlos si el agua es eterna y somos todos parte del mismo fluido? Es mi gota en el aire la que rozó tu boca, parte del mismo baile, un mismo río que desemboca.
El mar me enseña, por sobre todas las cosas, que si me aferro al amor para guardarlo, dejaría de hallarlo. ¿Cómo cerrarlo si al hacerlo lo estaría aniquilando?
Deja que sea el amor tan inmenso que lo entregue todo y no muera en el intento. Todo lo contrario. Sea libre, sea amante y me descubra viva al mismo tiempo. Eternamente viva en mi yo interior verda
dero; mi latido, tu latido, o simplemente el nuestro.
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Yo diría que una cosa es sobrevivir y necesitar. Y otra muy distinta es vivir y liberar. En el mismo sentido, que la propiedad es hacerse tan conciente de la muerte, que no nos permite ver lo inmaterial. Al mismo tiempo que amar es entregar, percibir de repente que existe algo trascendental.
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Entonces me aferro al amor, a él en su inmensidad, en su sustancia más letal; a la libertad. Ese amar la vida, y saberla a la vez perpetua, ese amarla de verdad, así tan inmensa, no la tuya ni la mía, una que rebosa a todos nada más.
¿Y para qué querer más, si es un fin en sí misma, un objetivo que existe cuando aún no ha
y partida?
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Para mí el amor libre, en verdad, es algo que simplemente no puedo controlar. Muchas respuestas para una misma pregunta. Esa eterna búsqueda de la eternidad, el secreto que llevamos dentro; la no-muerte más allá del cuerpo, vivir la experiencia de que somos perpetuos.
Al final del camino, no puedo separar dos conceptos que llevan a un mismo lugar, ese que no existe, el único que todos conocemos en verdad. El negro al final del blanco.
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¿Y entonces, si todo es infinito, si al morir no calla algo en mi sonido, para qué ahora, por qué aquí y en este cuerpo? ¿Y es que por dónde encuentra uno la puerta a lo que siempre ha sido absoluto? ¿Cómo puedo contemplar el blanco sin colores que me lo enseñen?
Y así, andando y andando, mis ojos pueden reconocerte, acaricio tanto el pasto en mi vientre que sólo así descubro que uno somos. Que no puedo ser todo si no he sido parte.
Templo será nuestro cuerpo, tan efímero como el futuro y el pasado. Ambos tan sagrados para decirme que aquí estoy. Conciente del camino, él me hace viva, me acontece al acontecer, ante ustedes y ante mí misma, aunque yo sea tú cuando la imagen no describa.
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Tal vez, es tan hondo este universo, tan ilimitadas sus estrellas, que sé que he venido a crear. A disfrutar del diseño, del desafío, de los espontáneos encuentros. A seguir en movimiento en este hogar perpetuo. Tal vez me siento tan viva que ya no le temo a morir. Sé que cuando duermo, algo en mí sigue latiendo en las olas. Sé que la luz de las rosas es parte del sol también.
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Yo sé que muchas veces me quedo en silencio. Y cómo quisiera curar de pronto todos los temores. Entregarme entera y no dudarlo nunca, saber que sólo así disipo mi quimera. Quiero seguir corriendo, seguir jugando, seguir bebiendo, y saber que no me muero, que por mucho que callemos, todos seguimos latiendo.
¿Cómo no abrir las puertas, si es el infinito el secreto? La paz interior cuando al volverse tan interna, se vuelve externa. Y es tan simultáneo el amor a esa conciencia.
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Y quizás, de repente, yo me sumerjo de pronto en una escritura más potente. A oscuras, que mi mano se disipe, y en la oscuridad sienta lo que me recuerda el sueño. Una pausa entre quien soy y quienes SOMOS realmente.
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Que se inunden mis ojos, en un estallido envolvente, tan rojos como cuando el sol los roza de repente. Algún estallido que entienda yo de pronto, cuando sé que luego del temblor, habrá una pausa que siempre vacile.
Ese clamor potente que en mi corazón se mantenga, firme ese latido que nunca acabará. Sucede que mi mente se aburre de repente de tal temor a la muerte si sé que no vendrá. El río siempre fluye, las lágrimas deshace, la sangre se evapora y deja al sol brillar. Las flores se hacen fuertes, y yo entiendo gigante, que es tan infinito este caminar.
Sucede simplemente que cuando amas tan profundo, supera el quiebre y se vuelve trascendental. Sabes que el motor va rozando muchos rumbos, y algo siempre quedará.
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¿Qué sentido tendría en verdad la vida así, paradisíaca y eterna, si no fuese amarla porque sí? Si me sé tan inmortal en mi estado más profundo, ¿para qué soñarlo tanto y jugar, si no hay nada que ganar? Tal vez voy entendiendo, que si somos un todo, yo mañana seré agua, y mi boca un ave fénix, que tras el golpe, resurge simplemente.
¿Por qué tanto arde aún luego de morir?
El ave fénix sabe, que el fuego siempre arde, por mucho que el viento lo pueda apagar. Son tan juguetonas las fuerzas principales, que me he enamorado de todos sus bailes. Del calor en tu piel, de esa risa vibrante. De una saliva leve en el viento bajante, esa lluvia loca que me impulsa a brincar.
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Estoy conciente de que el mundo nunca se acabará, porque si se desasiera, ¿qué nos volvería a juntar? Si somos todos uno, sería como decir que es distante el infinito, cuando nada de él se puede medir.
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A mí me parece que no existe la paz, porque están tan asustados de morir, cuando el cielo cada mañana nos grita eternidad. No existe el pasado, porque hoy lo construyo, y aún así hay algo, en el fondo percibimos que estamos aquí, y haya o no respuesta, miramos el horizonte, preguntando por su último rumbo.
Es que qué aventura en cada nuevo cuerpo. No sólo en el mío sino en todos los nuestros. Qué curioso estado el nuevo que experimento, qué nuevos colores para seguir viviendo.
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Sé que algo más hondo simplemente me lleva a amar sin sentidos, cuando nada lo delinea. Entiendo que yo no estaré aquí siempre, con mi estado actual, y quiero disfrutarlo, la experiencia brutal. Cuando cierro mis ojos, y sé que he nacido, entiendo que jugar es mi único instinto.
Sentir ese cariño impulsándonos gigantes, porque recordamos que aún somos cómplices, de un mismo cielo con diferentes riachuelos regresando al mar. Ese lenguaje tan cíclico que canta tanto el mar.
¿Se ha alguna vez callado?
Ay, tanto cantas océano acerca de la infinidad, que al saber que estoy aquí no estoy buscando guardar, sé que mi búsqueda es perpetua. Que en este estridente aventurar, mi rumbo siempre ha sido una esfera. Que mirada desde el centro, nunca acabará.
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Si allá en las nubes, mis besos aún están flotando, todavía me llaman a seguirlos derramando. ¿Cómo evitarlo si no estoy cerrando nada, si es tan honda esta andanza, que inevitablemente el agua se derrama?
Si seré agua hoy, y seré agua mañana, quiero disfrutarme en el cuerpo que sostengo, y luego emborracharme hasta sentirlo bien al centro. Ya no dividirlos, todo al mismo tiempo, que el sol bese mis ojos cuando yo acaricio el viento.
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¡Qué le voy a hacer si el amor es evidente, un calor ferviente que inunda la libertad! Si somos tan libres como pretendemos soñar, debe existir algo que sea su contenido, o sino, ¿cómo lo percibiríamos?
Sucede que me veo viva cuando acaricio otra parte de este absoluto que comprendo, pero me grita tanto que somos uno al mismo tiempo. No me queda otra que saberme viva eternamente, y notar que existe algo que a pesar de la muerte, me impulse tanto al todo, porque lo amo simplemente.
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No voy a parar y no corro a ningún lado. ¡Qué ganas de saltar! Si no estoy conciente de mi tiempo, solo el reloj se las da de temporal. Esta suerte de juego para poder encontrarnos.
Es bien divertido cuando me pongo a mirar. Nuestros pasitos como desfiles si se las dan de vagabundos. Fluyen tan perfectos cuando se dejan llevar. Ambicionamos una que otra jugada, pero en el fondo sabemos, quizás, que no es seguro el final. ¡Y aún así no podemos parar!
Y de repente enloquezco, parpadean tus ojos. Mis pestañas recuerdan al agitarse el bosque frondoso. La selva potente y la lluvia perenne, el cariño al todo que no puedo evitar. Sentir que estamos todos, y gracias a cada parte, coloreo el hogar y reconozco mi paraíso. Cuando en lo eterno yo sigo creando, ¡cómo habría de frenar!
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Veo la belleza en este absoluto, cuando del sueño despierto y hay cuadros nuevos. Ideas jocosas y aventuras que vacilar. Risas, por sobretodo, la que golpea mi vientre cuando comienzo a estallar. En la felicidad más ardiente, la conciencia inocente de que no hay razón para amar. Allí donde los fines no existen, es algo inevitable. No puedo aferrarme a él, porque se vuelve indimensionable.
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¿Cómo no sentir la conexión, si sé que cuando vuelan las aves, yo también percibo su ritmo, esa brisita suave que el silencio viene a derramar? Allí van con sus alas, aquí vamos con nuestros pies, y más allá de la piel, la pared que nos forma, nos permite aparecer.
Sé que todos los elementos estarán allí siempre, pero nadie los vería sin algo en qué nacer. Pues siento tan hondo aquí en mí alma, que cuando el tacto me exalta, sé que están allí.
Y entonces doy gracias, porque puedo percibirlos, puedo acariciarlos, al ser límite sólo en mi borde. Así es la libertad, mirada de cabeza; por dentro tan perpetuos, y concientes de ella, amantes del viento acariciando un espejo, pues somos un mismo todo. Entre tu piel y la mía me reflejo, cuando tú y yo somos libres, pero llenos de algo que nos impulsa a movernos.

























