Me arrebata la idea de escribir dos días antes de partir de viaje de nuevo. Sé que es como darle mucho color, pero me gusta eso, a decir verdad, extremar las emociones positivas, sacarles el jugo, me absorbe la idea de hacer una pausa antes de agarrar el equipaje otra vez, porque así me concentro un minuto en este mismísimo instante, éste ahora que es todo lo que preciso.
La vida es tan aventura como una ola reventada en el agua, volviendo a formar parte, maravillosamente extasiante, retornando a la espuma su sangre, recobrándola en las marejadas.
Es tan vivaz, tan íntima, la experiencia de estar respirando, que lo tomo como un puntapié del tomar conciencia, ¡oye despierta, vas viva!, el aire ingresa por tus pulmones.
Quizás no necesito demasiado, si parto por unificarme, por conectarme a todo lo que vive alrededor, si le dedico más tiempo al polvito blanco que cae de las ventanas cuando refleja en ellas el sol, si aspiro con más sutileza los rayitos que reposan en las murallas, si me dejo conquistar un poco por las arenas húmedas y la lluvia.
Me gusta seguirle el juego al viento, a las pelusas, a las hojas y a los pajaritos. Siento que una sensación profunda de que estás conectado es todo lo que necesito, porque el amor es infinito, o eso significa. No temo a pronunciar lo que no puede pronunciarse, la palabra comunica poesía, más esta ultima implica el sentido.
Me deshacerla en la pintura y sus colores, recorrería borde a borde mi ser para descubrirme fuera de él en la escritura, o en una canción que me sacude el esternón de forma inesperada por la mañana.
Movilizando me doy cuenta que jamás he frenado. La existencia es un proceso, no un suceso específico, entiendo la armonía de la historia, sabiendo que una parte de ella nunca la conoceré. Preciso del futuro para develarme el misterio, del pasado para resolverlo. Y un espacio bien amplio donde verlo intensamente mezclado, como una explosión de arte que me llega al corazón intemporal.
Hay tantas cosas que me gustan de la vida, los zorsales de los arbolitos más altos, las baladas hawaiianas. Oh, sol, que has entrado en mi cuerpo, qué linda es la luna, qué redonda y armónica la rueda en su caminar. Qué bonito es mirar de lejitos el ciclo, no sentirme ni abajo ni arriba, más bien flotando en medio del mar.
La vida es tan aventura como una ola reventada en el agua, volviendo a formar parte, maravillosamente extasiante, retornando a la espuma su sangre, recobrándola en las marejadas.
Es tan vivaz, tan íntima, la experiencia de estar respirando, que lo tomo como un puntapié del tomar conciencia, ¡oye despierta, vas viva!, el aire ingresa por tus pulmones.
Quizás no necesito demasiado, si parto por unificarme, por conectarme a todo lo que vive alrededor, si le dedico más tiempo al polvito blanco que cae de las ventanas cuando refleja en ellas el sol, si aspiro con más sutileza los rayitos que reposan en las murallas, si me dejo conquistar un poco por las arenas húmedas y la lluvia.
Me gusta seguirle el juego al viento, a las pelusas, a las hojas y a los pajaritos. Siento que una sensación profunda de que estás conectado es todo lo que necesito, porque el amor es infinito, o eso significa. No temo a pronunciar lo que no puede pronunciarse, la palabra comunica poesía, más esta ultima implica el sentido.
Me deshacerla en la pintura y sus colores, recorrería borde a borde mi ser para descubrirme fuera de él en la escritura, o en una canción que me sacude el esternón de forma inesperada por la mañana.
Movilizando me doy cuenta que jamás he frenado. La existencia es un proceso, no un suceso específico, entiendo la armonía de la historia, sabiendo que una parte de ella nunca la conoceré. Preciso del futuro para develarme el misterio, del pasado para resolverlo. Y un espacio bien amplio donde verlo intensamente mezclado, como una explosión de arte que me llega al corazón intemporal.
Hay tantas cosas que me gustan de la vida, los zorsales de los arbolitos más altos, las baladas hawaiianas. Oh, sol, que has entrado en mi cuerpo, qué linda es la luna, qué redonda y armónica la rueda en su caminar. Qué bonito es mirar de lejitos el ciclo, no sentirme ni abajo ni arriba, más bien flotando en medio del mar.