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Escribí algo así como una fábula una vez en ese cuadernito. Contaba la historia de una ardilla que un día dejaba su nido, que era un viejo tronco de un árbol muy grueso, y sin paracaídas ni nada, se lanzaba en picada al cielo, porque quería conocer las nubes. Y lo lograba, flotaba un buen rato en ellas, entre una lluvia de almendras sabrosas, mi fruta favorita y amada en esos tiempos. Ñam!
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“Todos tenemos un sueño que nunca podremos olvidar”, empezaba diciendo ese relato, entre una serie de frasecitas filosóficas que sonaban bien divertidas y pomposas para mis manitos chiquititas, recién aprendiendo a escribir. ¡Y qué curiosa es la vida! Porque hace una semana recordaba esa historia, justo unas tres horas antes de aterrizar. Después de haber abandonado Chile, mi propio nido, mi casa, mi familia y mis amigos.
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En aquel mismo instante el avión flotaba raudo entre los cielos, a mi lado rumbeaban las nubes y se disipaban solas con lo cerca que estaban de mis ojos. Yo, con un huracán ardiendo en el esternón, y mil mariposas en mi estómago a punto de echarse a volar, me convertía en la protagonista de mi propia fábula, trece años después.
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Comenzaré contandoles algo acerca de Guarujá. Cuando uno llega a la punta de Sao Paulo, al terminal de Jabaquara, se puede tomar un bus hacia una isla. El camino es tan apasionante que cuando viajo hacia allá, pego los ojos a la ventana hasta que casi mis cachetes empiezan a humedecer el ventanal. Por los barrancos que rodean el puente, se asoman unas selvas frondosas y de un verde colosal.
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La otra noche, estaba en la casa de uno de mis nuevos amigos, en la isla, y me asomé por la ventana, miré al cielo infinitamente estrellado, y al bosque que se extendía misterioso a lo lejos. La brisa que me rozaba el rostro tenía ese sabor a verano y playa que me encanta. El Artur, el primer surfista que conocí en el lugar, y sin duda el más cercano, se acercó despacito a mi y me acompañò en esa contemplación que me tenía tan absorta.
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- ¿Vocé está gustando de Guarujá?- me dijo, y yo asentí con un sí extendido y emocionado, que se me escapó de la boca de inmediato. –su sonrisa radiante dejó entrever de inmediato cuánto también él disfrutaba del lugar que lo vio nacer, y apoyó los codos en el ventanal, expandiendo la vista en el cielo.
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Guarujá tiene algo que me encanta. No sé si es caminar por la costa, aprender de las nuevas playas o ver la selva siempre rodeando la arena. No sé si es subirme en el asiento trasero de las bicicletas de mis nuevos amigos y recorrer las calles, repletas de gente en moto gritando cosas divertidas. Creo que sobretodo es estar acostumbrándome a ellos, a mis “broddaas” como a su manera dirían, y a reaccionar al “!Hey Ká!” cuando llaman, con sus acentos llenos de vibra.
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Es mágico estar viviendo esto, ¿saben? El otro día lo conversaba con el océano atlántico. Sé que el mar es uno solo, como la tierra y los seres humanos, que sus aguas a fin de cuentas todas se mezclan, pero es divertido mirarlo como si fuesen dos identidades distintas, y sentir que darle un nuevo nombre el mar, es una gran manera de vivir y descubrir algo mucho más fresco y transfomador.
Tengo fe en ello.
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Pero para no adelantarme, creo que hablaré más de aquello en los siguientes capítulos. Ahahá.

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1 Comentarios:
"Yo, con un huracán ardiendo en el esternón, y mil mariposas en mi estómago a punto de echarse a volar, me convertía en la protagonista de mi propia fábula, trece años después."
comiendo almendras que recogías de las nubes.
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