"...Y a pesar de ser de tipo quieto,
hace muchos amigos por donde pasa,
guardándolos en el corazón y en la memoria.
No se esclaviza en la ilusión del apego,
pues percibe la naturaleza de los momentos,
únicos e irrepetibles."
- Sidao Tenucci. O surfista peregrino.
Me acuerdo que esa tarde yo estaba concentrada mirándome una herida en la pata, y el salió a tropezones del agua con una de esas tablas hawaiianas que casi se te caen cuando caminas. Se sentó al lado mío y comenzamos a hablar.
Me lembro, como dirían los brasileños, de este muchacho impregnando de buena vibra sentado en una roca, tratando de explicarme que las personas, si algún día se van, no tienen por qué irse de nuestra pulsación, y que inevitablemente hay gente que nunca dejas de querer, porque así de profundo puede ser nuestro corazón. Me lo decía con una simpleza que se le escapaba de la boca.
El comenzó a hablar de aquello como la brisa loca de una mariposa que pasa de un momento a otro frente a tus ojos y te impulsa una canción. Yo no recuerdo bien las palabras exactas que dijo, pero fue lo primero que de él me cautivó. Justo después de ese atardecer, un capacete rojo ingresó entre mis motitas locas, mientras cierto personaje se burlaba entre el vidrio de su propio casco, de lo difícil que sería ingresar aquello por mi enorme cabezota.
Era una tarde lluviosa, las nubes habían cubierto el cielo, y suaves gotas en mil direcciones caían sobre mis ojos. Los huracanes del viento sincronizaban perfecto con la velocidad de nuestra motocicleta lanzando destellos en las baldosas recién bañadas. Mis pies iban en los pedalines, y la palma de mi mano se aferraba fuerte en un capullito de piel mulata.
El ímpetu de la brisa golpeándome las piernas hacía revolotear los vellos que habían crecido en ellas hace unos días. Mis cabellos novatos asomándose en mis canillas, podían respirar la pura libertad del espíritu dejado a su belleza más simple y a su eterno volver a nacer. Era una noche estrellada, como si la lluvia hubiese hecho de detergente que limpia el cielo y lo deja brillante.
Arriba, en la cima más alta de Guarujá, se podía observar una luna llena que venía anunciando completarse hace semanas, y había encontrado el momento perfecto para mostrarse absolutamente redonda. Alrededor de ella, una aureola naranja formaba una imagen despampanante que yo veía por primera vez en mi vida. Resplandecía tanto como la sombra luminosa de un yo-yo que te impulsa a subir la vista y pegarla en los astros.
El Mau tenía una tonalidad divertida en la voz cuando trataba de enseñarme algo de reggae en portugués. Aquella noche lo escuché hablar en serio por segunda vez. - Eu nao tengo ni pai ni mai. – me dijo él entre susurros, sumado a algún relato de cómo había perdido a sus padres.
Yo lo relacioné inmediatamente con esa conversación que habíamos tenido en la playa acerca de los amores infinitos, y se me estremeció el esternón.
Alguna intensidad en su piel, una suerte indescriptible de potencia en sus palabras, me hizo recordar que existen conexiones que no precisan del pasado ni del futuro. sostuvo Un camino cruzado a mi destino, le reafirmó a mi espíritu que existen personas en el mundo, capaces de amar a otros aunque estos hayan desaparecido en algún punto recóndito del universo.Ese día sentí que el amor que vive dentro de uno es un templo y un paraíso, un tesoro de sentimientos interminables aunque no puedan ser correspondidos, un pequeño jardín donde de alguna manera se han ido a guardar todos los recuerdos de esas emociones que te transformaron, te fortalecieron y te hicieron ser quien eres. Un hogar interno que solo tú iluminas, como si al levantar los párpados abrieras las cortinas.
Alguna intensidad en su piel, una suerte indescriptible de potencia en sus palabras, me hizo recordar que existen conexiones que no precisan del pasado ni del futuro. sostuvo Un camino cruzado a mi destino, le reafirmó a mi espíritu que existen personas en el mundo, capaces de amar a otros aunque estos hayan desaparecido en algún punto recóndito del universo.Ese día sentí que el amor que vive dentro de uno es un templo y un paraíso, un tesoro de sentimientos interminables aunque no puedan ser correspondidos, un pequeño jardín donde de alguna manera se han ido a guardar todos los recuerdos de esas emociones que te transformaron, te fortalecieron y te hicieron ser quien eres. Un hogar interno que solo tú iluminas, como si al levantar los párpados abrieras las cortinas.
El Mau tenía los ojos luminosos como una canica brillante que parece conectarse a la luz de las estrellas. Aquella noche entendí por qué. Y considerando que después de eso perdí todo contacto, -¡Acho que eu nao posso esqueçer isso de vocé!- le diría justo ahora si por sorpresa, la vida loca nos juntara otra vez.
2 Comentarios:
karinilla loca
te dejo mi nuevo blooog
suerte en todo por la tierra de la samba :)
te quieroooo
"un pequeño jardín donde de alguna manera se han ido a guardar todos los recuerdos de esas emociones que te transformaron"
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