Bueno muchachos, he decidido que realmente no podía dejar botada a la deriva está ventanita que me conecta con gran parte del mundo. Mi corazón, la verdad, experimenta vivencias increíbles y transformaciones profundas, estoy más que segurísima de aquello, de lo que sucede aquí dentro y en cada uno de los lugares que mis patitas locas han andado recorriendo.
Pero, no sé, hoy día me levanté en la mañana, y decidí dejar a un lado la formalidad, el auto contradecirme. Vamos a hacer los procesos vivos, y quizás, hoy día les contaré un pensamiento que cambiara mañana, pero no importa. Lo que me ha estado enseñando la vida de tanto en tanto por estos lares, es lo vulnerables que somos a cada experiencia y cada persona que frente a nosotros se cruza.
Es la magia de la existencia, un estado de transformación continua. Como los ríos, como las olas, incluso como las estrellas, que cuando las miras demasiado fijo, nunca están detenidas, siempre se apagan y se encienden, no tienen un estado establecido, y yo tampoco, es lo primero que quisiera aclarar. Antes de contarles un par de historias.
Creo que el último tiempo mi espíritu se ha estado enamorando poquito a poco de una playa ubicada en una isla, en algún lugar recóndito de Brasil. Es divertido porque a la Praia do Tombo se le conoce en los mapas, como un sitio de olas agresivas, el predilecto de los surfistas de la zona. Lo positivo de aquello, es que no ha llegado mucho comercio, y se conserva muy natural.
Hace una semana creo, perdí mi cámara de fotos. Y fue una locura porque había estado intentando retratar lo que la Praia do Tombo era, sin resultados. Creo que no soy muy hábil para capturar toda una escena en una sola imagen, o definitivamente es algo que tengo que desarrollar. Pero cuando perdí ese aparato, me di cuenta que habían cosas de esa playa que nunca podría meter en una sola canalización de los sentidos.
No sé cómo podría llegar explicar todo lo que ella tiene, el aroma que se respira en las mañanas, suelo despertar a las 6 y correr de mi posada a la arena. La playa está encerrada por una pequeña entradita donde suelen llegar a esas horas de la madrugada varios motociclistas, gente en bicicleta, y caminantes sobretodo, que se sientan en las rocas como si fuese un escenario a contemplar el mar.
Yo suelo llegar a ese lugar con los ojos bien despejaditos, porque generalmente por pura ansiedad, despierto una hora antes, y abro la puerta de la pieza apenas sale el primer rayo de sol. Me encanta porque corro por el pueblo a pata pelada, solo cargando mi tabla y con una pura bermuda que uso todos los días. Da lo mismo, algo que me hace sentir que a nadie le importa demasiado si usé la misma ropa una y otra vez.
Lo bonito es que cuando llego a esa entradita, me siento en la roca a mirar el océano, y siempre me encuentro con alguien. A veces los conozco, en ocasiones no. A estas alturas, generalmente sí, pero hubo un tiempo en que mis conversaciones eran siempre con gente que había visto recién por primera vez. Nos perdemos en las historias de nuestras vidas y observamos el mar.
- ¡Buenos días océano, gracias por las hermosas olas que esta mañana han llegado! – dice mi corazón continuamente aunque haya un viento que tira todo abajo y hace que mi tabla al caminar, parezca un escudo que se defiende de un huracán.
La Praia do Tombo tiene la arena blanca, el agua verde esmeralda y está llena de palmeras, como las clásicas playas de ensueño que aparecen en las revistas de viajes. Pero hay elementos de ella que no salen en el mapa, que justamente son los que más me fascinan y la hacen única, todo aquello que solo con mi esencia al 100% puedo retratar.
El día en que entré allí por primera vez, casi me morí del susto, porque estaba todo oscuro y parecía un cementerio. Parece, o es, una cuevita entre los árboles llena de objetos perdidos, tablas partidas, cachivaches que con los años han ido llegando de todos lados. Yo no hablo mucho con aquel anciano, aunque a estas alturas paso bastante tiempo sentada en su puerta imaginaria y marcada por una roca, con mis nuevos amigos.
Aquel anciano siempre me ha llamado la atención, pero llegado un momento me di cuenta que no era necesario conversar con él para entendernos. Somos de los más fanáticos de la playa en la zona, entonces muchas veces estamos haciendo lo mismo. Yo miro el horizonte en algún rinconcito, y cuando estoy más abstraída, noto que el también observa el océano desde su hogar.
Aquella especie de caverna, está protegida por un montón de árboles frondosos, que tienen ese verde maravilloso de las selvas tropicales, y un par de bananas en los más altos que siempre me dan ganas de comer. A unos metros más allá, como bordeando una media luna, también en la punta, se encuentra el mirador más hermoso de la playa, donde se reúnen todos los locales, por así decir, al salir del agua o a puro reposar.
La Praia do Tombo ha sido tan dejada de lado por el turismo en lo que la arena misma es, que los lugares formados son una explosión de lo creativa que la naturaleza puede ser. Ese sitio, parece un pedestal redondito al que se llega por unas escaleras de rocas llenas de flores.Arriba, puedes escoger dos cimas. En la más bajita, hay una banca que titula con pintura blanca, “Amor y paz”, y cuando allí te sientas, las palmeras caen despacito encima de la vista que tienes del mar, se balancean despacio y puedes observar todo lo que sucede alrededor.
Es difícil sentarse solitario en esa banca, lo he intentando y nunca me resulta. Creo que sin duda, es aquello lo más me ha hecho crecer de ese lugar. Un asiento sin dueño tiene la magia de significar que cualquiera puede sentarse a tu lado, y que si tú no quieres permanecer allí, te puedes marchar. Yo siempre decido quedarme, y la cantidad de personas que he conocido en ese pequeño rincón, ya parecen imposibles de enumerar.
No siempre son surfistas, llega de todo. Te sientas en la banquita, y parece un templo del espíritu y la relación. Los que allí reposan son capaces de abrirte el corazón y contarte su vida entera, con el reventador de las ondas de fondo como melodía. Y cuando ha pasado ya casi una hora, te das cuenta que ese rostro que escuchas es primer día que lo miras, y se ha producido una cercanía que en otros espacios demora siglos. Me fascina.
Me acuerdo, por ejemplo, que ese día que fue viernes santo, se sentó al lado mío un pintor de camiones. Que diseñaba olas y soles en los capós. Y cuando llevábamos bastante tiempo hablando, él se dio cuenta de la fecha en que estábamos y comenzó a llorar. Sus palabras se lanzaron a mis oídos como libros empolvados que pedían a gritos ser leídos, y aún recuerdo todo lo que él me contó.
En la segunda cima de aquel mirador, las rocas han permitido que uno se siente, cómodo, y la vista es aún más increíble. Como si estuvieras arriba de las palmeras mirando en una panóramica que te abraza los ojos. Al lado, hay un árbol muy grande, cuyas ramas caen justo en el medio de aquel espacio. Los muchachos colocaron allí una tabla de skate amarrada a una cuerda muy firme, y parece un columpio.
Desde que mis pies tocaron esa playa, yo andaba echándole el ojo a eso, pero nunca me atrevía a subir. El viernes que pasó, el mar se puso turbulento y nadie quiso entrar, entonces yo subí a la roca con un amigo, y él me ofreció saltar. Fue curioso lo que sentí en ese momento, porque hace tiempo quería lanzarme, y cuando me subí a la roca más alta, mis patitas tambalearon fuerte, como si se fuesen a quebrar.
Pero llegado un momento, miré el mar, digamos que el viento arrasó con fuerza la espuma que acababa de quebrar. Yo apreté mis bracitos al cordel, volé por unos segundos, puse los pies en el trozo de madera, y me balanceé como nunca. Me sentía un pequeño chimpancé jugando entre las lianas, lo disfruté tanto, mi cabello se meneaba como demente enardecido, y mi rostro se impregnó de la brisa, haciendo que el viento me mostrara otra vez, lo simple que era atreverme a lo que quería, aunque fuese algo muy pequeño o sonara aterrador.
¡Con los ojos bien abiertos pai! Puedes hacer lo que quieras.
La Praia do Tombo en sí misma, en cuanto a olas, es un paraíso cuando lo quiere ser. Lo que yo más rescataría de sus ondas, son los surfistas. Tienen una capacidad maravillosa de correr, y sobre todo, de hacerte sentir en casa. De recibirte cuando llegas, de invitarte un poco de agua, de compartir algo, no sé, un par de palabras, una risa loca, un silencio muy cómodo, donde lo que importa es cómo los granitos de arena se han adherido a tus pies.
Y cuando estoy en el agua, ¿saben qué se me imagina? En ocasiones, pienso que estoy en toda una película épica, incluyendo cuando sales de la explosión de espuma como un héroe que escapa de la bomba. Los cuerpos bien al descubierto hacen que allí dentro, parezca que hemos vuelto a encontrar una forma de ser naturales en su totalidad. Todos están tan concentrados en seguirle el juego al mar, que no hay signo de pose alguna, y yo puedo dejar fluir mi cabeza y mi cuerpo en absoluta libertad.
Es toda una batalla, y la más bonita, porque allí en el agua es como si imaginariamente tuviésemos nuestras coordenadas y cada uno supiera donde es el lugar de cada uno, y en qué parte no puedes invadir. Tú buscas tu sector en el mar, donde quiebra la ola y si te toca, vamos. Nadie te la va a robar, todos sabemos cuáles son los paralelos que improvisamos y cuándo es el turno de cada uno de lanzarse a su oportunidad, aunque no sea necesario establecerlo estrictamente.
Es curioso, porque ese orden se mueve en función de la ola. Nos movemos juntos, organizados, pero en torno a algo que cambia todo el tiempo y es impredecible. Cada uno tiene su propia batalla, todos están allí con ganas de autosuperarse en sus distintas etapas. Pero ese conflicto no es con el otro, tu respetas el proceso del que está a tu lado, esté intentando sacar un floater o solo ponerse de pie.
Yo, por mi parte, no tengo nada que alardear en cuanto a mis capacidades deportivas. Lo único que sé es que algo en mis venas me impulsa a regresar y practicar cada día, y que algo me dice que estoy progresando. Tal vez mis amigos. Y algo, también en lo más profundo, me insinúa que he crecido, que estoy más grande, que mis ojos parecen unos lentes poto de botella abiertos a nueva realidad que me conquista, y que aprender a hablar portugués es algo que realmente ha remecido mi ser y mis comunicaciones.
Cada día un poquito más cerca de las estrellas.





3 Comentarios:
Cucarachinha:
Realmente me emocionó tu post; no a las lágrimas, pero si me interpeló trígidamente. Cuchara a full y piel de gallina.
De vdd que te envidio sanamente, pq veo que estás viviendo una experiencia de vida única, inigualable y trascendental.
No sabes las ganas que muchas veces he deseado hacer caleta de las cosas que describes: correr a pata pelà por la calle, sin importar lo que el resto piense.
Me conmueve leer como logras compenetrarte con el mar, debe ser cuático eso. No sé si sea así, pero creo que debe ser muy parecido (si no es lo mismo)a hacer el amor con la persona amada.
Experiencias y vivencias como la que cuentas, dejan mucho, nos enseña mucho a los que no logramos abstraernos de la rutina y seguimos siendo un personaje autómata que no logra conmoverse con el canto del viento cuando te envuelve al pasar o con la frescura de la lluvia.
De verdad que te envidio, pero aún así te EXIJO que sigas escribiendo estas maravillosas aventuras tan espectaculares que sólo tiran wena onda :)
un abrazo karinilla :D
Me despido desde el fondo del pasillo a la fominguera izquierda
pelirrooooooooja mais brasileira do mundo!
no sabes cmo te envidio en este momento
estar alla en el paraiso llena de palmeras agua y sol, gente buena onda qe te hace feliz
Me alegro mucho de corazon por ti
veo q haz crecido, qe aprendes mucho y muy rapido, si hace un mes casi llorabas por no falar portuges!
y ahora me dai clases
sigue disfrutando la vida al maximo qe yo tambien lo estoi haciendo por estos senderos.
un abrazo gigaaaaaaaaaante
te qiero mucho :)
pD: no por eso no eres la peor entrevistadora de Chile, Brasil y el mundo entero :)
"Los cuerpos bien al descubierto hacen que allí dentro, parezca que hemos vuelto a encontrar una forma de ser naturales en su totalidad"
Publicar un comentario en la entrada